"Pero da igual
Carlos, yo estoy aquí luchando". Tras 3h28m de sinsabores, desánimos y
sudores baldíos; 3h28m de ser el poderoso océano que se estrella contra el
malecón y se convierte en suave espuma, Rafael Nadal, el campeón defensor,
explica lo imposible, razona lo increíble y le cuenta a Carlos Ramos, el juez
de silla, por qué aún está sobre la pista, por qué no ha sucumbido al tremendo
huracán que es Novak Djokovic, por qué sigue en pie (2-6, 4-6 y 7-6) cuando el
número uno ha sacado para ganar el título. "Porque lucho", dice el
mallorquín mientras al serbio le masajean la espalda, incrédulo ante lo que ven
sus ojos: que ese contrario al que ha destruido ya dos veces, retorciendo su
cerebro rotura tras rotura (Nadal arranca 2-0 e inmediatamente encaja un 0-6),
sigue vivo, las fauces abiertas y listas para devorar el título. Es la última
carga del séptimo de caballería: Nole la frena 6-2, 6-4, 6-7 y 6-1, logra su
sexta victoria seguida ante el español y se lleva su tercer grande del curso.
En el décimo aniversario de
los atentados del 11-S, el número uno sale a la pista con una gorra de los
bomberos neoyorquinos. El público no ve demagogia alguna en el gesto y se
entrega mayoritariamente a su causa. Se grita. Se chilla. Se vive una locura de
luces centelleantes sobre el cemento, flashes y voces de ánimo. Nole paga ese
apoyo con una tarde memorable. Es el río en crecida, la tormenta que arrecia y
el viento que sopla. Durante dos sets y medio, no hay dique que le contenga,
barco que le sobreviva ni árbol que no se incline a su paso.
Nadal se adelanta en las dos
primeras mangas con un break, e inmediatamente lo pierde. El español pasa ese
tiempo desarbolado y confundido, buscándole lógica a un rival que tiene algo de
mágico. Cuanto más fuerte saca él, más rápidos, más profundos y más fieros son
los restos del número uno. Cuanto mejor plantea él la jugada, yéndose para
adelante tras la estela de sus derechazos, corazón guerrero, orgullo de tenista
de hierro, mejor es la respuesta del serbio, protegido por su increíble
capacidad para mantener vivas las jugadas. Cuanto más rebusca Nadal en su
mente, ese músculo que se creía indestructible, levantando uno tras otro cinco
puntos de break fundamentales para su supervivencia (2-6 y 2-0), más poderoso
es el reflejo de ese otro cerebro que le echa un pulso, mente de fuego
hirviente que le mide golpe a golpe y amenaza con derretirle (rotura del serbio
a la sexta oportunidad).
El español, sin embargo,
sale con sus valores intactos del duelo. Ya de noche cerrada, alejado el viento
e instalado el frío, sigue poniéndole corazón, nervio y garra. El tenis, claro,
también es táctica, técnica y pericia. Su revés se queda casi siempre corto, lo
que deja a Djokovic en disposición de atacarle. Cuando tiene la oportunidad de
llevar el encuentro por donde quiere, 2-0 de arranque en las dos mangas, el
break de entrada, firma sendos juegos horripilantes al saque, lo que
inevitablemente le hace perder la iniciativa. Hasta el tercer set no vence dos
juegos seguidos. Ruge la grada. Se pone en pie el público. Nadal, pese a todo,
cree hasta el último segundo: levanta tres breaks en el tercer parcial, que
gana.
El español es un campeón
dispuesto a vender carísima su corona. Pega, corre y grita. Aprieta. Empuja. Se
estruja hasta que no le queda ni un gramo de fuerza dentro, vacío el depósito
de energía, agotados hasta los poros de tanto sudar, seco su interior hasta
para soltar unas lágrimas. Su esfuerzo no acaba en victoria. Nole tiene más
posibilidades técnicas y, hoy por hoy, su misma capacidad física. Es imposible
mejorar el curso del serbio. Nadal, que tiene un crédito infinito, tiene dos
posibilidades. Abandonar la persecución o aceptar que vive en años de leyenda,
en temporadas de titanes, que él, Djokovic y Federer coprotagonizan cursos
míticos que pasarán de boca a oreja contados por los padres a sus hijos. Es de
sobra conocida cuál será la elección del español, un ejemplo de superación y
trabajo. Nadie consigue su impresionante currículo agachando la cabeza.
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