No se hallará solo tan
insigne huésped. Todo lo contrario: estará en muy buena compañía. En agosto
formará parte del recorrido de un peculiar Vía Crucis pictórico, en el que,
junto al «Descendimiento», de Caravaggio, estarán presentes trece obras
religiosas del Prado, bajo el título «La Palabra hecha imagen. Pinturas de Cristo en el
Museo del Prado». El itinerario es el siguiente: «La Anunciación », de Fra
Angelico; «El Descendimiento de la
Cruz », de Van der Weyden; «La Última Cena», de Juan de
Juanes; «El Pantocrátor sostenido por cuatro ángeles», anónimo; «Descenso de
Cristo a los Infiernos», de Sebastiano del Piombo; «La Adoración de los Reyes
Magos», de Rubens; «El Buen Pastor», de Murillo; «La disputa con los doctores
en el Templo», de Veronés; «El lavatorio», de Tintoretto; «Cristo crucificado»,
de Velázquez; «El Descendimiento», de Caravaggio; «Agnus Dei», de Zurbarán; «La Trinidad », de Ribera; y «La Resurrección », de El
Greco.
La visita podrá hacerse
tanto de forma independiente (ayudados por guías de mano o audioguías) como
dirigida por un monitor del Área de Educación del Museo. El horario, de martes
a viernes, a las 11.30 y a las 16.30 horas. Durante la semana de celebración de
la Jornada Mundial
de la Juventud
(16-21 de agosto), habrá tres visitas diarias: 10.00, 12.00 y 16.30 horas.
Toda la producción de
Caravaggio es impresionante, pero este «Descendimiento» o «Entierro de Cristo»
(la escena recrea justo el momento entre uno y otro), pintado en plena madurez
del maestro (1602-1604), es un prodigio. Para buena parte de los especialistas,
es una de sus mejores obras, de las más logradas. El Caravaggio más dramático
hace su presencia con una espectacular puesta en escena, en la que las seis
figuras del lienzo (tres masculinas y tres femeninas) se agrupan formando una
línea diagonal imaginaria mediante la posición escalonada de sus cuerpos.
Parece un ballet coreografiado por Caravaggio. Una intensa luz cae sobre el
cuerpo yacente de Cristo, que resalta sobre el fondo negro de la escena. Las
únicas concesiones al color son el rojo del manto de San Juan Evangelista y el
blanco del sudario de Cristo. Los geniales claroscuros de las figuras potencian
aún más el dramatismo de la escena. También un prodigio, la composición de los
cuerpos. Nicodemo, encorvado por el peso de Cristo, nos mira inquisitivamente.
Contrasta con el éxtasis de María de Cleofás, que alza su mirada y sus brazos
al cielo, y con los rostros contenidos de dolor de la Virgen , San Juan Bautista y
María Magdalena, que seca sus lágrimas con un pañuelo. El brazo derecho de
Cristo —sus venas son un prodigio— y parte del sudario caen sobre la fría losa
de mármol del sepulcro.
Esta obra formó parte de la
gran exposición que le dedicó la
Galería del Quirinale de Roma a Caravaggio en 2010, con
motivo del 400 aniversario de su muerte. Aún son muchos los misterios sin
desvelar en torno a este genio, tan temido como admirado, cuya vida y obra
estuvieron siempre marcadas por las luces y las sombras.
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