Mientras Madrid se va
vaciando poco a poco de madrileños (y llenando de turistas), el Museo del
Prado, lejos de cerrar por vacaciones, mantiene una actividad frenética esta
semana. El jueves presentará en sociedad un excepcional Caravaggio, «El
Descendimiento», préstamo de los Museos Vaticanos. Y ayer convocó a la prensa
para mostrar con orgullo cómo ha quedado de reluciente la joya de
Gracias a la ampliación del
museo con el edificio de los Jerónimos, obra de Rafael Moneo, en 2007, el Prado
liberó 25 salas. Con ello la pinacoteca no solo dio cabida en sus salas a
muchas obras que hasta entonces esperaban su momento de gloria en los
almacenes, sino que también ha permitido a los responsables del museo rediseñar
el Prado de pies a cabeza, articulando un nuevo discurso expositivo de la
colección en las dos plantas principales del museo. Es la llamada «otra
ampliación» del Prado. Primero le llegó el turno a las colecciones del XIX en
la planta baja. Era de justicia empezar por ella. Durante una década estuvo
«oculta» a causa de las interminables obras del Casón del Buen Retiro para,
finalmente, decidir que no irían allí, sino al edificio de Villanueva. Después
se prosiguió con la reubicación de las colecciones medievales y renacentistas
españolas, la pintura románica, las nuevas salas de Velázquez, El Greco,
Ribera, Zurbarán, Murillo...
Y ahora le ha tocado a la
impresionante Galería Central diseñada por Juan de Villanueva, que cambia de
inquilinos (italianos y flamencos). Acoge hoy 59 obras, todas de gran formato.
El Prado recupera su esencia, la que tuvo con la formación del museo gracias a
las colecciones reales. La pintura veneciana (Tiziano, Veronés, Tintoretto,
Bassano) tenía un peso muy fuerte en el nacimiento del Prado, pero perdió
fuelle con los años. Ahora vuelve a recuperar su esplendor tomando literalmente
la Galería Central ,
a excepción del hueco (importante, eso sí) dejado a Rubens, con una treintena
de obras: veinte grandes lienzos y diez pequeños bocetos que hizo para la Torre de la Parada y que se muestran en
una vitrina en medio de la sala. Tal protagonismo de Rubens se debe a la obsesión
que tenía Felipe IV por su trabajo. La altura de las paredes y la luz cenital
de este espacio hacen que la pintura veneciana y la de Rubens (amén de un Van
Dyck, «La Coronación
de Espinas», que «se ha colado» en la Galería Central )
luzcan como nunca antes.
El director del museo,
Miguel Zugaza, quiso mantenerse ayer en un segundo plano y dejar el
protagonismo al dream team que ha dirigido esta reordenación: Miguel Falomir
(pintura italiana), Javier Portús y Leticia Ruiz (pintura española) y el ya
citado Alejandro Vergara, capitaneados por Gabriele Finaldi, director adjunto
de Conservación e Investigación del museo. Con este quinteto de lujo recorremos
no solo la Galería
Central , sino también las salas adyacentes, con el fin de
comprobar los diálogos que se establecen con esta reordenación y que permiten
entender mucho mejor las colecciones del Prado. Es ésta una historia de
influencias y admiraciones, pero también de rivalidades. Rubens admiraba a
Tiziano, hasta el punto de que copió (y mejoró) algunas de sus obras, como
«Adán y Eva» (lucen juntas en una pared). También animó a Velázquez para que
fuera a Italia. Ahora los tres maestros exhiben sus obras muy cerca.
Velázquez sigue siendo el
corazón del museo y en torno a él se van estableciendo interesantes conexiones.
Tiziano se convierte en el segundo artista fuerte del nuevo Prado. No en vano,
la antigua colección real giraba en torno a él, explica Miguel Falomir: «Sin
él, el Prado sería distinto». Cinco obras suyas flanquean la entrada a la Sala XII , sancta
sanctorum del museo, donde se exhibe a Velázquez como retratista real, con «Las
Meninas» a la cabeza. «Carlos V en la batalla de Mühlberg», de Tiziano, el
cuadro que inaugura el género del retrato ecuestre y el más valorado por los
Habsburgo, ocupa ahora un lugar emblemático: cuelga frente al gran icono
moderno del Prado, «Las Meninas». Y es que el emperador está omnipresente en la
reordenación de las colecciones del Prado: en la escultura que le dedicaron los
Leoni, «Carlos V y el furor», que preside la rotonda que da acceso a la Galería Central ;
en el lienzo de Tiziano «La
Gloria », que Carlos V encargó para su sepultura... Otra obra
maestra que luce espléndida en este espacio es «El lavatorio» de Tintoretto.
¡Qué bien le sienta la pintura veneciana a la Galería Central !
Interesantes diálogos
En las salas adyacentes se
exhiben obras de maestros españoles que entablan interesantes diálogos con los
pintores venecianos y flamencos. Es el caso de El Greco (ocupa tres salas
monográficas), que tuvo una gran conexión con Venecia en su formación, nos
explica Leticia Ruiz. Y vamos descubriendo guiños: la «Trinidad» de El Greco,
frente a la «Trinidad» de Ribera. Ambas magistrales. De la mano de Portús
contemplamos una de las novedades principales de esta reordenación. Uno de los
planes del Prado fue recuperar el Salón de Reinos del Palacio del Buen Retiro
en el antiguo Museo del Ejército. Parecía descartada la idea, aunque los
responsables del Prado nunca lo confirmaron. Sí lo corrobora el hecho de que se
haya dedicado en Villanueva una sala (la 9A) a recrear aquel Salón de Reinos:
está presidida por «La
Rendición de Breda» (Las Lanzas), flanqueada por dos bufones.
Las tres obras, de Velázquez. Les acompañan cuadros de Maíno, Antonio de Pereda
y Zurbarán (presente con «La defensa de Cádiz contra los ingleses» y cuatro de
los diez «Trabajos de Hércules»).
Con este nuevo proyecto se
ha dado mayor coherencia a la colección de Velázquez: su primera etapa
naturalista, el retratista real (Sala XII), la pintura religiosa, bufones y
enanos... hasta llegar a la última sala, presidida por «Las Hilanderas». Se
exhibe junto a «El rapto de Europa», de Rubens, copia del cuadro de Tiziano que
retrata Velázquez en el fondo de su obra maestra y que resume a la perfección,
según Portús, el espíritu de esta reordenación del Prado. Al fondo de la Galería Central
advertimos otro de los iconos del museo: «La familia de Carlos IV» de Goya.
Este artista queda distribuido en las tres plantas del Prado. Y en dicha
galería se han instalado también algunas esculturas y objetos decorativos:
sendos tableros de mesa sobre leones de bronce de Matteo Bonuccelli.
No faltan tampoco algunas
mejoras arquitectónicas en el espacio más emblemático del museo: se han
rescatado elementos arquitectónicos perdidos, como una ventana dioeciochesca
que abre al patio de la planta baja y que permanecía tapada desde hace años.
También se ha recuperado la puerta que daba a la Galería Jónica y se
ha eliminado el cierre sobre la puerta que da acceso a la Rotonda de Goya. Para todo
ello se ha contado con el asesoramiento de Rafael Moneo. Falta aún año y medio
para que el Prado concluya definitivamente toda la reordenación de sus
colecciones. Quedan por recuperar todavía once salas más en la segunda planta y
por reordenar las salas de pintura barroca madrileña y las de pintura flamenca
del XVII. Habrá una sala monográfica dedicada a Van Dyck y otra de pintura
holandesa.
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