Algunos amigos y amigas, lectores y lectoras de esta columna han llamado mi atención para que escriba de sobre La Asunción. A todos les he dicho que no quiero inmiscuir estas líneas en apasionamientos políticos, para ello hay otros columnistas. Pero lo pensé.
La mejor propuesta es entonces, hablar de nuestro futuro como ciudad, lo que en ella ocurre y no nos damos cuenta, o algunas personas no quieren entender que si no vemos más allá de nuestras narices, la cosa seguirá igual que antes y ahora. La otra cuestión que debo asumir con responsabilidad es la escribir sobre un tema del que nunca lo he hecho, tan solo alguna reseña como periodista, esa materia es la gastronomía. Pero lo intentaré. Debo comenzar por reconocer el loable esfuerzo hecho por un huésped de postín que tenemos los asuntinos, se trata nada más y nada menos que de Sumito Estévez. Ha estado con nosotros en las verdes y las maduras, la comunidad nacional e internacional sabe que él anda en todo en La Asunción. Sus colegas desean venir a conocernos, porque él les ha hablado de nuestra hospitalidad, pero sobre todo que tenemos un mundo por delante, de convertirnos en ciudadanos con visión de futuro, pero para lograrlo debemos prepararnos, en cualquiera de los ámbitos que nos interese, si crecemos los hijos la madre será mucho más bella.
Hablar del pandelaño es tocar la fibra existencial del asuntito. Ese fruto surtió de vida nuestros hogares en tiempos de carencia, cuando éramos polvo y salitre. Una lisa asada y una penca de este pan vegetal llegaron a ser un preciado bocado, sobrevivimos al tiempo malo que acechaba este valle de fe y oraciones. Sumito se ha dado a la tarea de reinventar el gusto casi extinto de esta maravilla que es emblemático de la ciudad. Él inventó la Primera Feria del Pandelaño, aquí mismo en la calle El Dique, en la sede del Instituto Culinario y Turístico del Caribe, invitó a gente de Caracas y de aquí que saben de mesa y fogones para que degustaran y dieran un veredicto de todo el arte tejido en torno a nuestro verdoso pan. La ganadora de esta primera edición fue Isaura Marcano, de quien me atrevo a decir que es la mayor exponente de la antiquísima tradición asuntina que es la dulcería. A punta de pandelaño Isaura realizó exquisiteces como pasticho, empanadas, tortas, conservas, quesillo, tartaletas, mermelada y un ponche crema que no tiene nada que envidiarle a esos con rótulos de famosos.
El jurado quedó impresionado, mucho más quienes asistimos a la feria nos asombramos de cuánto tenemos y no explotamos para etiquetar el porvenir de la ciudad como sorprendente. Allí tenemos una tarea por delante, sentarnos a meditar de cuanto nos rodea para un mejor provecho, que no es más que el futuro de lo que debe ser una gran ciudad. Tenemos historia, tenemos que embadurnarnos de mañana, no cerrarnos a los cambios por venir, al menos en el área gastronómica que nos viene con un impulso incontenible, no seamos la piedra de tranca para cuando el boom fije residencia en nuestras casonas y calles cargadas de cuentos, recibamos al mundo en los patios asuntinos, a los poetas, escritores, seamos los sibaritas modernos que pretenden alzarse junto a su Ciudad.
Seguiremos conversando de este tema en siguientes entregas, donde destacaremos la visión de emprendedores confiados en hacer de La Asunción una ciudad legendaria que se cuece en salsa de futuro. Por el momento gracias Sumito por esa receta de afecto hacia La Asunción y los asuntinos.
Hablar del pandelaño es tocar la fibra existencial del asuntito. Ese fruto surtió de vida nuestros hogares en tiempos de carencia, cuando éramos polvo y salitre. Una lisa asada y una penca de este pan vegetal llegaron a ser un preciado bocado, sobrevivimos al tiempo malo que acechaba este valle de fe y oraciones. Sumito se ha dado a la tarea de reinventar el gusto casi extinto de esta maravilla que es emblemático de la ciudad. Él inventó la Primera Feria del Pandelaño, aquí mismo en la calle El Dique, en la sede del Instituto Culinario y Turístico del Caribe, invitó a gente de Caracas y de aquí que saben de mesa y fogones para que degustaran y dieran un veredicto de todo el arte tejido en torno a nuestro verdoso pan. La ganadora de esta primera edición fue Isaura Marcano, de quien me atrevo a decir que es la mayor exponente de la antiquísima tradición asuntina que es la dulcería. A punta de pandelaño Isaura realizó exquisiteces como pasticho, empanadas, tortas, conservas, quesillo, tartaletas, mermelada y un ponche crema que no tiene nada que envidiarle a esos con rótulos de famosos.
El jurado quedó impresionado, mucho más quienes asistimos a la feria nos asombramos de cuánto tenemos y no explotamos para etiquetar el porvenir de la ciudad como sorprendente. Allí tenemos una tarea por delante, sentarnos a meditar de cuanto nos rodea para un mejor provecho, que no es más que el futuro de lo que debe ser una gran ciudad. Tenemos historia, tenemos que embadurnarnos de mañana, no cerrarnos a los cambios por venir, al menos en el área gastronómica que nos viene con un impulso incontenible, no seamos la piedra de tranca para cuando el boom fije residencia en nuestras casonas y calles cargadas de cuentos, recibamos al mundo en los patios asuntinos, a los poetas, escritores, seamos los sibaritas modernos que pretenden alzarse junto a su Ciudad.
Seguiremos conversando de este tema en siguientes entregas, donde destacaremos la visión de emprendedores confiados en hacer de La Asunción una ciudad legendaria que se cuece en salsa de futuro. Por el momento gracias Sumito por esa receta de afecto hacia La Asunción y los asuntinos.
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