
Los datos de la
victoria de Rafael Nadal sobre Pablo Andújar en segunda ronda (7-5, 6-3 y 7-6
en 3h18m) pintan un triunfo oscuro, gris la paleta de colores, romo el pincel y
sin inspiración el artista. El número uno, durísimo de cabeza, tuvo que
remontar un 5-1 y 40-0 contra el número 48 en la tercera manga; se enfrentó a
ocho bolas de set en contra solo en ese parcial; cedió 16 posibilidades de
break en todo el encuentro; y estuvo lento y descolocado, sin parecerse a sí
mismo hasta que se vio con el agua al cuello. Entonces, cargó con todo,
convencido y fuerte, y Andújar no pudo decir nada.
Ni el frío (18 grados), ni
el viento, que hacía aletear las banderas y formaba remolinos de tierra sobre
la pista, sirven de excusa. De nuevo, Nadal jugó mal. Su derecha carece ahora
mismo de la profundidad necesaria para enfrentarse a los mejores. Su saque no
sirve más que como punto de inicio de la jugada.
Más que un paso hacia
delante tras su partido con Isner, el número uno pareció dar un paso hacia
atrás, igualado en ritmo de fondo por Andújar, que fue quien más tuvo que ver
con el devenir del marcador del encuentro. Los breaks se sucedieron al ritmo de
los aciertos y los fallos del número 48, que escribió el guión del partido, con
Nadal reducido al papel de darle las réplicas y sin participar en su escritura.
El día que Andújar supo que jugaba contra el número uno, le describió de la
siguiente manera. "¿Qué voy a decir? Se mueve como los ángeles, tiene un
derechón y le pega fuerte desde los dos lados" Ese tenista, sin embargo,
no estuvo presente en la
Suzanne Lenglen durante largos tramos del partido. Aún así,
el español ya está en tercera ronda, donde se enfrentará al croata Veic. Hoy
por hoy, no le sostienen los golpes, sino su incomparable cabeza, capaz de
imponerse a todo aunque no le acompañe el juego, como demostró su impresionante
remontada de la tercera manga. Mañana, sin embargo, no bastará con eso. Contra
los mejores, no cabe otro argumento que el juego.
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