
Los sufrimientos del
defensor del título, vencedor (6-4, 6-7, 6-7, 6-2 y 6-4) del estadounidense John
Isner en la primera ronda, fotografían a un Rafael Nadal nuevo, terrenal y
humanizado. El partido tiene la terrible belleza de lo imposible, el loco ritmo
del caos y los brillos de lo inesperado. Nunca ha perdido un campeón de Roland
Garros a la primera al año siguiente de conquistar el trono. Jamás había
disputado Nadal cinco sets en su templo.
A la convocatoria de esos
extraños sucesos llega el público entre rugidos de entusiasmo mientras el
número uno mundial se cava un hoyo hecho de "intranquilidad", "nervios"
y "desesperación". Un solo punto, solitaria bola de
break afrontada y
cedida en 4h 1m de juego, hace que pase de dominar por 6-4 y 4-
En el palco del campeón, mandíbulas
apretadas, puños cerrados, gargantas contenidas hasta los "¡vamos!" finales
y sufrimientos ante esa posición de juego retrasada, esos golpes sin finalizar
el movimiento y esa iniciativa perdida frente a Isner, incendiario en su
búsqueda de la red, donde perdió mucho y ganó bastante, consciente de su
inferioridad desde el fondo.
"Cuando estaba el
partido bien encarrilado, Rafael no ha tenido la concentración necesaria",
coincidió con su sobrino Toni Nadal, su entrenador; "a partir de ese
momento, Isner ha empezado a sacar muy bien [13 aces] y Rafael se ha puesto
nervioso".
Nadal encontró la salida al
atolladero en las piernas. Jugó mal los dos desempates. Restó desde demasiado
lejos. Vio cómo Isner respondía a su primer golpe de autoridad (dos bolas de
set al resto en la tercera manga) con dos servicios supersónicos, a 224 y 225 kilómetros por
hora.
El número uno, sin embargo, tuvo
en el reloj al mejor aliado. Ganado el cuarto set, que jugó primorosamente (84%
de puntos anotados con su saque, ningún error no forzado), llegó al quinto con
la tranquilidad de saber que el encuentro premiaría al mejor maratoniano. En
Roland Garros no hay tie-break en la manga final. Así terminó Isner: "En
el último punto casi necesito oxígeno. Casi me derrumbé. Mis piernas se habían
muerto. Me pasó literalmente por encima".
El encuentro reveló las
innumerables presiones a las que está sometido el mallorquín. En París, Nadal
perderá el número uno si no gana el título, pero ni eso le valdrá si Djokovic
está en la final. En París se juega con pelotas nuevas y los especialistas, ninguno
más acreditado que Nadal, han perdido "sensaciones". En París, donde
se abuchea con desprecio cada bola reclamada, solo se vio a dos tenistas ganar
el torneo después de castigar sus piernas durante cinco mangas en la primera
ronda: el italiano Panatta (1976) y el argentino Gaudio (2004).
Sin embargo, algo está claro.
Para tumbar a Nadal, un titán hasta en las malas, hará falta mucho más que un
saque como una maza.
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